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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Audiencia General, 30 de septiembre de 2026- Papa León XIV

 



LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 30 de septiembre de 2026

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Catequesis - Viaje apostólico a Francia y visita a la UNESCO

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quiero hablaros del Viaje apostólico a Francia que he realizado estos últimos días. Ha sido un gran regalo para mí y para el pueblo de  Dios en ese país, y doy gracias al Señor. Expreso de nuevo mi gratitud a todos los que me han acogido, Autoridades civiles y pastorales de la Iglesia y a todos aquellos - han sido muchos - que quisieron encontrar al Papa o simplemente saludarlo por las calles, como apóstol de Cristo y mensajero de paz. ¡Gracias a todos!

Quisiera recoger los pensamientos y las impresiones - todavía muy vivas - de esta Visita pastoral en torno a un único gran símbolo: la Catedral de Notre-Dame de París. Allí, el primer día por la tarde celebramos las Vísperas de la Beata Virgen María, una liturgia solemne y al mismo tiempo festiva, en la que la música, el canto y la belleza del templo hacían vibrar a los corazones unidos en la oración.

Precisamente Notre-Dame, con el drama que ha vivido, puede iluminar simbólicamente todo este Viaje apostólico, ofreciendo una clave de lectura que resumiría en una palabra: renacimiento.

La Catedral de París, que hace solo siete años parecía herida de muerte por un enorme incendio, ahora está reconstruida y luce más esplendorosa que nunca. Aquel desastre provocó una reacción positiva a todos los niveles, algunos más visibles y prácticos y otros más escondidos, de orden espiritual.

Su restauración fue una prueba de la posible colaboración entre Iglesia, Estado, instituciones públicas y sociedad civil. Esta dinámica ha permitido aprovechar al máximo tanto la generosidad de los benefactores como las competencias de los profesionales y los artesanos. La sinergia en pro del bien común debería ser el estilo normal de las instituciones, de las fuerzas políticas y sociales, de cuantos tienen responsabilidades civiles y económicas. Es el mensaje que he querido transmitir a las autoridades francesas, así como a los miembros de la UNESCO, Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura que tiene sede en París, indicando cuál es el criterio fundamental sobre el que basar esa colaboración: la dignidad de la persona humana.

Pero sobre todo, Notre-Dame es imagen de la Iglesia de piedras vivas, del pueblo santo de Dios. Es interesante poner en paralelo la celebración de las Vísperas en la Catedral con la Vigilia de los jóvenes que tuvo lugar esa misma noche en el gran Estadio de Francia en París. Dos lugares completamente diversos y sin embargo, dos eventos complementarios, casi unidos espiritualmente. ¿Qué les unía? La Iglesia, que no está hecha de piedras o de cemento, sino de personas que aman a Jesucristo porque han sido amadas por Él. En Notre-Dame estaban los sacerdotes y los diáconos, las personas consagradas, los operadores pastorales; en el estadio estaba la nueva generación francesa: nueva - diría - no solo por la edad, sino más aún por su espíritu, por la libertad de corazón y de fe. Jóvenes que cantaron, gritaron, pero que también se quedaron en silencio, en escucha. Rostros atentos y conmovidos, que manifestaban corazones deseosos de verdad y de amor. A ellos les dije con alegría: ¡Vosotros sois los santos de Francia! Esa Vigilia fue una gran señal de esperanza.

Así como lo fue - en la pequeñez que Dios prefiere - también el encuentro en la Maison Bakhita, casa de acogida para distintas personas en dificultad: uno de los muchos lugares, frutos del Evangelio, en los que se trabaja a diario para servir con amor a la dignidad de la persona humana.

Sin embargo, en la Iglesia en Francia hay una señal de renacimiento que perdura desde algunos años, es decir, el notable y creciente número de jóvenes y adultos que piden el Bautismo. Ante esta hermosa sorpresa de Dios se está celebrando en París una Asamblea sinodal provincial, en la que he podido intervenir, animando el camino de los catecúmenos y de los neófitos, junto a las comunidades a las que pertenecen.

El evento culminante de mi visita a la capital fue la Misa en la Place de la Concorde. Allí, la señal del renacimiento apareció de modo sorprendente: la asamblea litúrgica, que reunía a sacerdotes, el coro y una notable multitud en la vasta plaza, se extendía por toda la Avenue des Champs Élysées hasta el Arco del Triunfo y más allá. En el momento de la Comunión todos pudieron acercarse a la Eucaristía, que se distribuía por todas partes. He aquí la verdadera reconstrucción, la restauración de la Iglesia que solo Dios puede hacer, por intercesión de la Virgen María.

Y por eso, era natural y correcto que después de París me dirigiera como peregrino a Lourdes, a venerar a la Madre de la Iglesia, María, aquella que en la hora de la pasión y de la muerte mantiene encendida la lámpara de la fe y de la esperanza. En Lourdes el Señor, a través del cuidado maternal de la Virgen María, comunica a todos, peregrinos y especialmente a enfermos en el cuerpo y en el espíritu, un mensaje de esperanza y de renacimiento. Un mensaje que he querido relanzar abiertamente: toda vida humana, de cualquier condición, también en la fragilidad más grave, conserva la propia dignidad inviolable y merece ser cuidada, acompañada, aliviada del sufrimiento con la compasión humana y con el auxilio de los medios que ofrece la ciencia. Por eso, Lourdes representa para todo el mundo un santuario de la civilización del amor. En este contexto encontré a algunas personas víctimas de abusos y les pedí que me ayudaran a expresar también a otras víctimas mi voluntad y la de toda la Iglesia de escuchar y caminar con ellos mientras buscan la sanación, reconociendo el dolor causado en sus vidas y trabajando por la prevención de los abusos.

La tercera y última etapa del Viaje apostólico fue la ciudad de Metz, en una región de Francia y de Europa martirizada por la Segunda Guerra Mundial. Allí operó Robert Schuman, uno de los principales inspiradores del proceso de unificación europea. La Europa contemporánea nació precisamente como proyecto de paz después de la destrucción de la guerra. Podemos decir que lo que sucedió en Notre-Dame de París con el incendio sucedió en Europa con la Segunda Guerra Mundial. Y Europa renació, sobre la base de aquellos principios de democracia, solidaridad y fraternidad entre los pueblos que deben mucho a sus raíces cristianas. También hoy, sobre esos cimientos y con esa fuerza vital, el proyecto europeo puede renovarse, de un modo mucho más globalizado, donde el diálogo interreligioso desempeña un papel de importancia primaria. Por eso, en Metz encontré a los representantes de las diferentes tradiciones religiosas, quienes leyeron y firmaron en mi presencia el llamamiento de Metz por el diálogo y la paz.

Queridos hermanos, el tema de mi Visita pastoral a Francia ha sido Pour que le monde ait la vie, Para que el mundo tenga vida (cf. Jn 6, 51). Son palabras de Jesús, que resumen toda su misión de salvación y que, durante el Viaje, expresaban en plenitud el sentido evangélico de cada encuentro. Ahora, estas expresan nuestra oración, al pedir a Dios que este evento de gracia dé frutos abundantes y duraderos.

LLAMAMIENTO

Dirijo ahora un llamamiento por la región del Tigray, en Etiopia: Estoy siguiendo con profunda consternación la situación en el Tigray y en las regiones vecinas de Afar y Amhara, donde han vuelto a estallar las hostilidades. Dirijo mi más sentido llamamiento a todas las partes para que elijan el camino del diálogo. El conflicto armado nunca soluciona los problemas, sino que solo los agrava, dejando a su paso una estela de muerte, destrucción y resentimiento. Solo un compromiso sincero puede sentar las bases para una paz duradera.

Espero con ferviente esperanza que la comunidad internacional ofrezca su generosa y oportuna contribución, para asegurar que se preste toda la ayuda humanitaria a quienes la necesitan.
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor, por intercesión de Nuestra Señora de Lourdes, que mantenga encendida en nosotros la lámpara de la fe, la esperanza y la caridad, y que seamos uno en Cristo, para que el mundo pueda creer en Él. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy deseo compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el Viaje Apostólico a Francia que he realizado en los días pasados. Lo vivido ha sido un gran don para mí y para el Pueblo de Dios que peregrina en ese país. Agradezco a todos los que lo han hecho posible: a las autoridades civiles y eclesiásticas, y a tantas personas que se han sumado a cada uno de los eventos y han salido a las calles a encontrarse con el Papa y a manifestar la alegría de la fe. ¡Gracias a todos!

Quisiera resumir mis vivencias en un único gran símbolo: la Catedral de Notre-Dame de París. Un templo destruido hace siete años por un incendio, hoy es signo de renacimiento. Esta es una imagen de la Iglesia edificada con piedras vivas, es decir, de personas que aman a Jesús porque han sido amadas por Él y desean anunciar ese amor a todos, “para que el mundo tenga vida” (cf. Jn 6,51). Esta es la reconstrucción de la Iglesia que sólo Dios puede llevar a cabo.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Audiencia General del Papa León XIV desde el Vaticano | 2 de Septiembre de 2026



AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 2 de septiembre de 2026

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Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II IV. Constitución Pastoral Gaudium et spes (GS 1-10) 1. La Iglesia en escucha y al servicio del mundo

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Con el encuentro de hoy comenzamos a reflexionar sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, con la que el Concilio Vaticano II se propuso profundizar en un tema fundamental, es decir, la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. San Juan XXIII, ya en el discurso de inauguración del 11 de octubre de 1962, quiso mostrar su desacuerdo con los «profetas de calamidades», que  «aun en su celo ardiente […] van diciendo que nuestra época, comparada con las pasadas, ha ido empeorando; y se comportan como si nada hubieran aprendido de la historia» (Discurso Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 4.2). De ahí la tarea que se encomendó a los Padres conciliares: «En el presente momento histórico, la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia». (Gaudet Mater Ecclesia, 4.4).

Tres años después, la promulgación de Gaudium et spes reconocía en ese discernimiento un elemento esencial de la naturaleza de la Iglesia, describiendo como constitutiva su índole pastoral: de ahí la definición de “Constitución pastoral”. No se trata de optimismo ingenuo, sino de una renovada fidelidad al Misterio de Cristo que, encarnándose, elige compartir nuestra vida: Él «tenía que parecerse en todo a sus hermanos» (Heb 2,17; cf. 4,15) y se cargó de las consecuencias del pecado, muriendo «en rescate por todos» (1Tm 2,6). Ese hecho de compartir con la humanidad es el camino que Cristo pide a la Iglesia; por ello, la Constitución conciliar Gaudium et Spes se abre declarando que la Iglesia siente como propios «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren» (GS 1).

Es una entrega que nos llama a salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que se producen, ante la historia y la vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que experimentamos hoy. No es posible permanecer como espectadores desinteresados, es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar, involucrarse. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos, sobre todo de aquellos que se ven oprimidos por la injusticia, por la discriminación, por la violencia. De hecho, solo a través de la entrega y en el compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la certeza de que «los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rm 8,18).

En ese sentido, la proximidad hacia la humanidad abre la puerta a una lectura más profunda de los acontecimientos e de la propia Revelación y, en la misma perspectiva, Gaudium et spes reclama el «deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de la época e interpretarlos a la luz del Evangelio» (GS 4). Esta Constitución conciliar ha llamado, por tanto, a la Iglesia a un compromiso de conversión, para dar testimonio de que no se mueve por «ambición terrena alguna», sino que «sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra misma de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir y no para ser servido» (GS 3).

No se trata, de hecho, de una disposición simplemente moral. El Papa Francisco nos recordó que para la Iglesia «la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica […] Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 198).

La entrega cristiana nos compromete a asumir la realidad y también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y tecnológico, que ofrece siempre nuevas posibilidades, pero solo a algunos y que no siempre el ser humano es capaz de poner  «a su servicio»; o un conocimiento más claro de las «leyes dela vida social», pero acompañado de incertidumbres «sobre la dirección que hay que imprimirle»; o aún, una mayor disponibilidad de «riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico», y desafortunadamente, hoy como en los tiempos del Concilio, «una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria» (GS 4); o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y al mismo tiempo la incapacidad a renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de que la guerra es una vía eficaz para construir la paz.

En una época marcada por profundos cambios, de los que se derivan desequilibrios preocupantes, la Iglesia está llamada a servir al ser humano, escuchando y acogiendo los interrogantes más profundos de su corazón y los anhelos que lo habitan, señalando en Cristo «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10). Por ello, en la Iglesia, en todo nivel, en toda época debe realizarse la kenosis misericordiosa de Cristo que «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo […] hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fil 2,6-8).

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza – gaudium et spes – sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del Evangelio, acercándose a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a la Bienaventurada Virgen María que interceda por toda la Iglesia, para que anuncie el Evangelio con alegría y esperanza, cercana a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y sepa guiar a todos hacia Cristo, «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10). Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos nuestro ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II. Hoy comenzamos a reflexionar sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, cuyo tema central es la Iglesia en el mundo actual.

Este documento nos dice que los discípulos de Cristo estamos llamados a compartir los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo (cf. GS 1). Esto significa que la Iglesia no puede permanecer pasiva ni indiferente a lo que ocurre en el mundo, sino que está llamada a caminar con la humanidad, sobre todo teniendo en cuenta los cambios rápidos y profundos que se experimentan.

Por lo tanto, los creyentes, unidos a Cristo y sostenidos por su Espíritu, deben comprometerse a escuchar con el corazón y a dejarse interpelar, acompañando y ayudando a las personas en dificultad, sobre todo a los pobres y a los que sufren a causa de la injusticia, la discriminación y la violencia.



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domingo, 30 de agosto de 2026

Audiencia General del Papa León XIV desde el Vaticano | 26 de Agosto de 2026





LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Basílica de San Pedro
Miércoles, 26 de agosto de 2026

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Catequesis - Los Documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 8. Las motivaciones de la reforma litúrgica

Queridos hermanos y hermanas:

En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, deseo reflexionar hoy sobre las razones por las cuales los Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia. Es iluminadora, en este sentido, la tercera carta desde el Concilio que el cardenal Giovanni Battista Montini, entonces arzobispo de Milán, envió el 28 de octubre de 1962 a los fieles de su propia diócesis. La liturgia —escribía— «es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina, por un lado, es voz de coloquio con Dios. Está claro que ella no puede renunciar a su función didáctica, y no puede no ofrecer a la fe y a la piedad la posibilidad de expresarse con espontánea inteligibilidad». [1] Motivado por estas convicciones, el futuro papa san Pablo VI afirmaba que los fieles «no pueden ni deben permanecer mudos y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con su ausencia espiritual». [2]

Es evidente la consonancia de estas declaraciones con aquellas que aparecerán en el n. 48 de la Constitución conciliar: «la Iglesia, con solícito cuidado, procura que los cristianos no asistan a este misterio de fe como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí». Se percibe en estas palabras una renovada conciencia del valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento salvífico. Puesto que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva.

La reforma conciliar, al poner en el centro lo que constituye el corazón de la experiencia eclesial, quiso hacer resplandecer la liturgia como «la primera fuente de la vida divina que se nos comunica» [3]. De tal convicción nació la exigencia de hacer más accesible a todos los fieles la riqueza de los textos bíblicos y de las oraciones, y de hacer más lineal el ordenamiento celebrativo respecto al previsto en los libros litúrgicos entonces vigentes.

La liturgia, en efecto, al ser una realidad viva, siempre ha estado sujeta a lo largo de los siglos a desarrollos y cambios. El magisterio ha adaptado sus formas a las exigencias de las diversas épocas. No sorprende entonces que también el Concilio Vaticano II, con el máximo respeto por el patrimonio de la tradición, y precisamente con el fin de hacerlo más accesible, haya considerado necesaria una revisión de los libros litúrgicos.

El objetivo que los padres tenían en el corazón se explicita en el n.21 de la Constitución Sacrosanctum Concilium: «Para que en la sagrada Liturgia el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad gracias abundantes, la santa madre Iglesia desea realizar una esmerada reforma general de la misma Liturgia. Porque la Liturgia consta de una parte que es inmutable por ser la institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden o incluso deben variar, si en ellas se han introducido elementos que no responden bien a la naturaleza íntima de la misma Liturgia o han llegado a ser menos apropiados. En esta reforma, los textos y los ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y comunitaria». Se remonta a la Encíclica Mediator Dei del papa Pío XII la distinción, en la liturgia, entre elementos divinos, inmutables, y elementos humanos, que en cambio «pueden sufrir diversas modificaciones, aprobadas por la sagrada Jerarquía asistida por el Espíritu Santo, de acuerdo con las necesidades de los tiempos, de las cosas y de las almas» (Acta Apostolicae Sedis 39, 1947, 541-542).

Por lo demás, el deseo de una “reforma general” no nacía de improviso, sino que se había manifestado en la acción de los papas que se sucedieron desde el inicio del siglo XX, en sintonía con las demandas del Movimiento litúrgico. La afirmación de la necesidad de que los fieles no asistieran a las celebraciones «como extraños o mudos espectadores» ya había sido retomada por la Constitución apostólica Divini Cultus de papa Pío XI. Además, se pueden recordar las intervenciones de Pío XII sobre el ordenamiento de los ritos de la Semana Santa, los cuales reubicó en las horas correspondientes a los acontecimientos pascuales, después de que durante siglos se hubieran anticipado a las horas de la mañana. Tampoco se debe olvidar que san Juan XXIII consideró necesaria una simplificación de las rúbricas del Breviario y del Misal, aprobándola con el Motu proprio Rubricarum instructum, del 25 julio de 1960, en el cual remitía al anunciado Concilio Ecuménico la propuesta de los principios fundamentales para una reforma de la liturgia.

La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa, por lo tanto, en la línea de la tradición viva de la Iglesia. Su correcta comprensión permite también rechazar los abusos che se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa postconciliar, y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o comprendiendo mal algunos de los principios que estaban en la base de la misma reforma.

A este respecto, vale la pena recordar cómo la Constitución conciliar afirma que «Las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la dirección de los Obispos.
Por eso pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, influyen en él y lo manifiestan» (Sacrosanctum Concilium n. 26).

Es, por lo tanto, responsabilidad primordial de los pastores, de los obispos, pero también de cada sacerdote de manera individual, custodiar y promover una liturgia que, en el respeto de las normas litúrgicas, resplandezca por su noble sencillez (cfr. n. 34) y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Una liturgia de este tipo será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros (cfr. n. 48).
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[1] G. B. Montini, «Terza lettera dal Concilio», Rivista Diocesana Milanese 51 (1962) 921-923: 922.

[2] Ibid.

[3] Solemne Clausura de la II Sesión del Concilio, Alocución del Santo Padre Pablo VI (4 de diciembre de 1963).

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Hoy celebramos la memoria de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, religiosa española, patrona de la ancianidad. Por su intercesión, pidamos al Señor que bendiga a todos los ancianos, así como a las personas que los cuidan y acompañan. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, reflexionamos acerca de las razones que motivaron a los Padres conciliares para promover una reforma litúrgica. En primer lugar, ellos constataron la necesidad de una participación más consciente y activa de los fieles en la liturgia. Por eso, un ejemplo concreto fue proponer la revisión de los libros litúrgicos entonces vigentes, para adaptarlos mejor al presente, teniendo en cuenta con el máximo respeto las tradiciones del pasado.

Este deseo de una reforma general no surgió de manera repentina en el Concilio Vaticano II, sino que ya venía manifestándose en la acción de los Papas de inicios del siglo XX, en sintonía con el Movimiento litúrgico. De dicha reforma se derivaron condiciones favorables para una mejor comprensión de la acción litúrgica y para una celebración más fructuosa de la Eucaristía y de los otros sacramentos.


BENDICION PAPA LEON XIV






jueves, 20 de agosto de 2026

Audiencia General, 19 de agosto de 2026 - Papa León XIV


FLORES PARA EL PAPA LEON XIV




Catequese. Os Documentos do Concílio Vaticano II III. Constituição Sacrosanctum Concilium 7. La música sacra   

 

Queridos hermanos y hermanas,

el sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II está dedicado a la música sagrada. Este afirma: «La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne» (SC, 112) y precisa: «La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados» (ibid.).

Aquí encontramos el núcleo de la enseñanza conciliar, que confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, ya resaltado por San Pio X en el Motu Proprio Inter sollicitudines (22 de noviembre de 1903). De hecho, la música forma parte de la acción litúrgica, y no es un mero adorno de la celebración. En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, sintonizando el propio corazón con el de las hermanas y los hermanos y con Dios, en la participación activa en el misterio celebrado. Precisamente la música expresa la dimensión afectiva de la oración, como afirma San Agustín: «Cantare amantis est», es decir «cantar es proprio de quien ama» (Sermo 336,1). Esto es muy importante, porque ayuda en abrir el corazón a la acción de Dios en la gracia y en dejarse moldear por ella. 

El canto, además, favorece la comunión. Por medio de la sinfonía de las voces contribuye a unir los ánimos, superando las diferencias entre las personas y reuniendo todos en la alabanza a Dios. Así se convierte en una epifanía de la Iglesia, manifestación tangible de la comunión que pertenece a su naturaleza.

De la profunda relevancia teológica del canto sacro, como parte integrante de la acción litúrgica, derivan algunas exigencias. La primera es que, más allá de las modas o de las sensibilidades particulares de los autores, debe responder en todos los niveles a lo que resulta más adecuado para el momento de la celebración. Además, la forma, especialmente en su aspecto melódico, debe ser a la vez noble y sencilla, de alta calidad musical y fácil de ejecutar, sobretodo cuando está destinada a ser cantada por toda la asamblea (cf. SC, 121).

Por la misma razón, el Concilio recomienda que los textos también sean adecuados, profundos y, al mismo tiempo, simples de comprender, inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, en los libros litúrgicos y en la Tradición espiritual de la Iglesia. Sobre esto hay que velar, para que se mantenga viva y para que crezca la dinámica expresada en el antiguo principio “lex orandi lex credendi”, es decir, la ley de la oración es también la ley de la fe.

Sacrosanctum Concilium dedica mucho espacio al tema de la participación activa de los fieles (cf. n. 114). Esta «se ha de comprender […] partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 52) en un «espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel» (ibid. 55). En cuanto a la manera concreta con la que esta se puede realizar por medio del rol específico de la música sagrada, la Constitución ofrece una respuesta clara: «se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos» y «un silencio sagrado» (SC, 30), y exhorta a cada uno, ministro o simple fiel, a desempeñar «todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas» (SC, 28) en el equilibrio armonioso entre los distintos ministerios, las diversas intervenciones y los momentos de silencio.

El Concilio concede además gran importancia al canto gregoriano, sin excluir de la celebración otros géneros de música sagrada. Se presta también especial atención al órgano (cfr. SC, 120), mientras que se admite el uso de otros instrumentos «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (SC, 120).

Un tema muy importante para la reforma conciliar es el de la inculturación, también en el ámbito de la música sacra. Se subraya, en particular, en relación con las tradiciones musicales de las diferentes culturas, la importancia de tenerlas muy en cuenta, como parte de la vida religiosa y social de las personas. Por ello, se recomienda, por un lado, poner en práctica en todos una adecuada «educación del sentido religioso» (SC, 119) y, por el otro, «dentro de lo posible […] puedan promover la música tradicional de su pueblo, tanto en las escuelas como en las acciones sagradas» (ibid.).      

En el contexto litúrgico, se reconoce una función especial a la schola cantorum, instrumento pastoral cuya promoción se recomienda, con la misión de «velar por la ejecución exacta de las partes que le corresponden, según los distintos géneros de canto, y favorecer la participación activa de los fieles en el canto» (S. CONGR. DE LOS RITOS, Instrucción Musicam sacram, 19).

Con este fin, el compositor de música sacra debe conocer y preservar el patrimonio musical de la Iglesia, dejándose inspirar por él para dar vida a nuevas composiciones al servicio de la liturgia, respetando la sensibilidad contemporánea y las diferentes tradiciones culturales, de modo que «purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica» ( S. JUAN PABLO II, Quirógrafo sobre la música sagrada, 22 de noviembre de 2003, 3).

Por todas estas razones, los Padres conciliares recomiendan fomentar la formación y la práctica de la música sacra «en los seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de estudios, así como también en los demás institutos y escuelas católicas» (SC, 115) y garantizar a los músicos y cantantes una sólida formación litúrgica (cf. ibid.).

Queridos hermanos y hermanas, los Padres de la Iglesia concedieron gran importancia al canto litúrgico, símbolo de la comunión eclesial. Por eso podemos concluir con estas hermosas palabras de San Ignacio de Antioquí: «Que cada uno de vosotros también se convierta en coro, a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad, cantéis a una sola voz por Jesucristo al Padre, a fin de que os escuche y que os reconozca, por vuestras buenas obras, como los miembros de su Hijo» (Carta a los Efesios, 4,2).

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a reflexionar sobre el canto litúrgico como símbolo de la comunión eclesial, pidiéndole al Señor que nos ayude a vivir en armonía y concordia, como un único coro, cuyas melodías y buenas obras glorifican y alaban al Padre por medio de Jesucristo. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis reflexionamos sobre el sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium, dedicado a la música sacra. El Concilio Vaticano II confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, enseñando que no es un mero adorno de la celebración, sino que forma parte de la acción litúrgica.

Cantar, en la liturgia, significa rezar, ya que las voces y los corazones de los hermanos y hermanas sintonizan entre ellos y con Dios, en la participación activa del misterio celebrado. Además, la música expresa la dimensión afectiva de la oración. Como afirma san Agustín: “Cantar es propio del que ama”, y esa disposición ayuda a abrir el corazón a Dios y a dejarse modelar por Él.

El documento destaca también la importancia de la formación litúrgica en los seminarios, noviciados y escuelas católicas, así como de asegurar dicha preparación a todas las personas que se dedican a realizar este valioso servicio.

Leon XIV

Audiencia General, 30 de septiembre de 2026- Papa León XIV

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EL ESCUDO DE PAPA LEON XIV