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jueves, 20 de agosto de 2026

Audiencia General, 19 de agosto de 2026 - Papa León XIV


FLORES PARA EL PAPA LEON XIV




Catequese. Os Documentos do Concílio Vaticano II III. Constituição Sacrosanctum Concilium 7. La música sacra   

 

Queridos hermanos y hermanas,

el sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) del Concilio Vaticano II está dedicado a la música sagrada. Este afirma: «La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable, que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne» (SC, 112) y precisa: «La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados» (ibid.).

Aquí encontramos el núcleo de la enseñanza conciliar, que confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, ya resaltado por San Pio X en el Motu Proprio Inter sollicitudines (22 de noviembre de 1903). De hecho, la música forma parte de la acción litúrgica, y no es un mero adorno de la celebración. En la liturgia, cantar y tocar significa rezar, sintonizando el propio corazón con el de las hermanas y los hermanos y con Dios, en la participación activa en el misterio celebrado. Precisamente la música expresa la dimensión afectiva de la oración, como afirma San Agustín: «Cantare amantis est», es decir «cantar es proprio de quien ama» (Sermo 336,1). Esto es muy importante, porque ayuda en abrir el corazón a la acción de Dios en la gracia y en dejarse moldear por ella. 

El canto, además, favorece la comunión. Por medio de la sinfonía de las voces contribuye a unir los ánimos, superando las diferencias entre las personas y reuniendo todos en la alabanza a Dios. Así se convierte en una epifanía de la Iglesia, manifestación tangible de la comunión que pertenece a su naturaleza.

De la profunda relevancia teológica del canto sacro, como parte integrante de la acción litúrgica, derivan algunas exigencias. La primera es que, más allá de las modas o de las sensibilidades particulares de los autores, debe responder en todos los niveles a lo que resulta más adecuado para el momento de la celebración. Además, la forma, especialmente en su aspecto melódico, debe ser a la vez noble y sencilla, de alta calidad musical y fácil de ejecutar, sobretodo cuando está destinada a ser cantada por toda la asamblea (cf. SC, 121).

Por la misma razón, el Concilio recomienda que los textos también sean adecuados, profundos y, al mismo tiempo, simples de comprender, inspirados principalmente en la Sagrada Escritura, en los libros litúrgicos y en la Tradición espiritual de la Iglesia. Sobre esto hay que velar, para que se mantenga viva y para que crezca la dinámica expresada en el antiguo principio “lex orandi lex credendi”, es decir, la ley de la oración es también la ley de la fe.

Sacrosanctum Concilium dedica mucho espacio al tema de la participación activa de los fieles (cf. n. 114). Esta «se ha de comprender […] partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra y de su relación con la vida cotidiana» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 52) en un «espíritu de conversión continua que ha de caracterizar la vida de cada fiel» (ibid. 55). En cuanto a la manera concreta con la que esta se puede realizar por medio del rol específico de la música sagrada, la Constitución ofrece una respuesta clara: «se fomentarán las aclamaciones del pueblo, las respuestas, la salmodia, las antífonas, los cantos» y «un silencio sagrado» (SC, 30), y exhorta a cada uno, ministro o simple fiel, a desempeñar «todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas» (SC, 28) en el equilibrio armonioso entre los distintos ministerios, las diversas intervenciones y los momentos de silencio.

El Concilio concede además gran importancia al canto gregoriano, sin excluir de la celebración otros géneros de música sagrada. Se presta también especial atención al órgano (cfr. SC, 120), mientras que se admite el uso de otros instrumentos «siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (SC, 120).

Un tema muy importante para la reforma conciliar es el de la inculturación, también en el ámbito de la música sacra. Se subraya, en particular, en relación con las tradiciones musicales de las diferentes culturas, la importancia de tenerlas muy en cuenta, como parte de la vida religiosa y social de las personas. Por ello, se recomienda, por un lado, poner en práctica en todos una adecuada «educación del sentido religioso» (SC, 119) y, por el otro, «dentro de lo posible […] puedan promover la música tradicional de su pueblo, tanto en las escuelas como en las acciones sagradas» (ibid.).      

En el contexto litúrgico, se reconoce una función especial a la schola cantorum, instrumento pastoral cuya promoción se recomienda, con la misión de «velar por la ejecución exacta de las partes que le corresponden, según los distintos géneros de canto, y favorecer la participación activa de los fieles en el canto» (S. CONGR. DE LOS RITOS, Instrucción Musicam sacram, 19).

Con este fin, el compositor de música sacra debe conocer y preservar el patrimonio musical de la Iglesia, dejándose inspirar por él para dar vida a nuevas composiciones al servicio de la liturgia, respetando la sensibilidad contemporánea y las diferentes tradiciones culturales, de modo que «purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra, para asegurar dignidad y bondad de formas a la música litúrgica» ( S. JUAN PABLO II, Quirógrafo sobre la música sagrada, 22 de noviembre de 2003, 3).

Por todas estas razones, los Padres conciliares recomiendan fomentar la formación y la práctica de la música sacra «en los seminarios, en los noviciados de religiosos de ambos sexos y en las casas de estudios, así como también en los demás institutos y escuelas católicas» (SC, 115) y garantizar a los músicos y cantantes una sólida formación litúrgica (cf. ibid.).

Queridos hermanos y hermanas, los Padres de la Iglesia concedieron gran importancia al canto litúrgico, símbolo de la comunión eclesial. Por eso podemos concluir con estas hermosas palabras de San Ignacio de Antioquí: «Que cada uno de vosotros también se convierta en coro, a fin de que, en la armonía de vuestra concordia, toméis el tono de Dios en la unidad, cantéis a una sola voz por Jesucristo al Padre, a fin de que os escuche y que os reconozca, por vuestras buenas obras, como los miembros de su Hijo» (Carta a los Efesios, 4,2).

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Los invito a reflexionar sobre el canto litúrgico como símbolo de la comunión eclesial, pidiéndole al Señor que nos ayude a vivir en armonía y concordia, como un único coro, cuyas melodías y buenas obras glorifican y alaban al Padre por medio de Jesucristo. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

En esta catequesis reflexionamos sobre el sexto capítulo de la Constitución Sacrosanctum Concilium, dedicado a la música sacra. El Concilio Vaticano II confirma y profundiza en la función ministerial de la música en la liturgia, enseñando que no es un mero adorno de la celebración, sino que forma parte de la acción litúrgica.

Cantar, en la liturgia, significa rezar, ya que las voces y los corazones de los hermanos y hermanas sintonizan entre ellos y con Dios, en la participación activa del misterio celebrado. Además, la música expresa la dimensión afectiva de la oración. Como afirma san Agustín: “Cantar es propio del que ama”, y esa disposición ayuda a abrir el corazón a Dios y a dejarse modelar por Él.

El documento destaca también la importancia de la formación litúrgica en los seminarios, noviciados y escuelas católicas, así como de asegurar dicha preparación a todas las personas que se dedican a realizar este valioso servicio.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Audiencia General, 12 de agosto de 2026 Papa Leon XIV

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DECLARACIÓN DE LA VISIÓN

lunes, 20 de julio de 2026

Audiencia General 24 de Junio de 2026




LEÓN XIV

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 24 de junio de 2026

[Multimedia]

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Los documentos del Concilio Vaticano II III. Constitución Sacrosanctum Concilium 4. El misterio eucarístico

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Seguimos con las catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, en particular sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) sobre la Liturgia.

Cuando san Agustín quiere explicar a los nuevos bautizados el misterio del Cuerpo de Cristo, retoma el pasaje de san Pablo que hemos escuchado: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte» (1 Cor 12, 27). Y añade: «Recibís el misterio que sois vosotros. A eso que sois, respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues: “Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que tu “Amén” responda a la verdad. […] Sed lo que veis y recibid lo que sois» (Sermón 272).

Justo después de haber evocado la Última Cena de Jesús, la Constitución sobre la Liturgia habla de la Eucaristía con estos acentos agustinianos. Para los cristianos, formar parte de la mesa del Señor significa que «sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios» (SC, 48). Recibiéndolo en su Palabra y en la Eucaristía nos convertimos en lo que recibimos. Nos convertimos en el Cuerpo cuya Cabeza es el Cristo resucitado, sentado a la derecha del Padre (cfr Col 1, 18), el cual nos prepara un lugar en los cielos (cfr Jn 14, 3): la Eucaristía es así el sacramento del Reino que viene. Es el Pan del camino, que nos conduce hacia la Patria celeste, hasta el día beato en el que «Dios sea todo en todo» (1 Cor 15, 28).

La asamblea litúrgica ofrece el Sacrificio «no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él» (SC, 48). En esta perspectiva, la Eucaristía es la forma del sacrificio espiritual de los cristianos (cfr Hb 13, 16; Rm 12, 1), en cuanto camino de la unión con Dios y de la unión recíproca. Al participar en ella, aprenden a que «se perfeccionen día a día por Cristo mediador en la unión con Dios y entre sí, para que, finalmente, Dios sea todo en todos» (ibid.). Así, incorporándonos a Cristo, la Eucaristía nos enseña a adoptar el estilo de vida del mismo Señor Jesús, marcado por el don gratuito de sí mismo. Este don nos hace entrar, por esto, en la dinámica de la unidad, que ofrece un poderoso antídoto a los fermentos de división que amenazan nuestro mundo, nuestras comunidades, nuestras familias, nuestro corazón (cfr SC, 47).

Queridos, cuando participamos en la Eucaristía somos invitados a escuchar la Palabra de Dios y a nutrirnos en la mesa del Señor, donde Él mismo se ofrece al Padre. Estas dos partes de la Misa, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, «están tan íntimamente unidas que constituyen un solo acto de culto» (SC, 56).

En lo que se refiere a la Palabra, es necesario recordar que no se trata solamente de adquirir un saber intelectual sobre las Escrituras, sino de recibir la Palabra «viva y eficaz» (Hb 4, 12), dirigida por Dios a todos y al mismo tiempo a cada uno, Palabra que nutre y alimenta junto al Pan eucarístico y nos hace pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo. «La Eucaristía nos ayuda a entender la Sagrada Escritura, así como la Sagrada Escritura, a su vez, ilumina y explica el misterio eucarístico» (Benedicto XVI, Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 55).

El Concilio Ecuménico II ha pedido: «ábranse con mayor amplitud los tesoros de la Biblia, de modo que, en un período determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la Sagrada Escritura» (SC, 51). La reforma litúrgica ha traducido esta petición en ese tesoro que es el Leccionario, es decir, el libro que recoge todas las Lecturas bíblicas para las celebraciones litúrgicas. Tal amplitud se ha extraído de la fuente más pura de la Tradición viviente, que combina la «sana tradición» con «el camino a un progreso legítimo» (SC, 23).

El inicio del capítulo II de la Constitución sobre la Liturgia está entretejido con referencias al gran río de la Tradición, que va desde los Padres de la Iglesia hasta nosotros. Lo cito: «Nuestro Salvador, en la Última Cena, la noche que le traicionaban, instituyó el Sacrificio Eucarístico de su Cuerpo y Sangre, con lo cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su vuelta, el Sacrificio de la Cruz y a confiar a su Esposa, la Iglesia, el Memorial de su Muerte y Resurrección: sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera» (SC, 47).

Queridos hermanos y hermanas, acudamos con fe a esta fuente de vida divina y dejémonos transformar por el misterio que celebramos.
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Resumen leído en español por el Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Retomamos hoy el ciclo de catequesis dedicadas a los documentos del Concilio Vaticano II, en particular sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium (SC) que trata de la liturgia.

Con un acento agustiniano, este texto conciliar invita a los cristianos a que «sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios» (SC, 48). Cuando recibimos al Señor en su Palabra y en la Eucaristía, nos convertimos en aquello que hemos recibido. De esta forma, la Eucaristía es anticipo del sacramento del Reino que está por venir y, a la vez, nos enseña a adoptar el estilo de la vida de Cristo, entregando la propia vida. Por otra parte, la Palabra edifica también nuestra relación con el Señor, haciéndonos pasar de la decadencia del pecado a la vida nueva en Cristo.

Acudamos con fe a esta fuente de vida divina, que son los sacramentos, y dejémonos transformar por aquello que celebramos.
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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Recibamos con fe los sacramentos y pidamos al Señor, que se nos da en la Eucaristía y en la Palabra, que transforme nuestra vida en Cristo y nos haga suyos. Que Él nos enseñe a participar, cada día con más fruto, de su presencia real, signo de unidad y vínculo de caridad. Que Dios les bendiga siempre. Muchas gracias.




EN VIVO | Angelus del Papa León XIV desde Castel Gandolfo | 19 de Julio de 2026





¿Qué es la AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA?






sábado, 30 de mayo de 2026

LEÓN XIV AUDIENCIA GENERAL Plaza de San Pedro Miércoles, 24 de junio de 2026



Audiencia General, 27 de mayo de 2026 - Papa León XIV




Audiencia miembros de la Renovación Carismática Católica, 30 de mayo de 2026—Papa León XIV



Qué testimonio tan hermoso y conmovedor. Las herencias que no son materiales —como la fe, los valores, la espiritualidad y las vivencias compartidas— son sin duda los legados más profundos y significativos que una madre puede dejar. Ese tipo de herencia se transforma en una guía, un refugio y una fuente inagotable de fortaleza y paz para toda la vida.

 

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Es un homenaje maravilloso a su memoria y al amor con el que sembró esa semilla en ti.



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lunes, 25 de mayo de 2026

Presentación de la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV | 25 mayo 2026



Discernir el futuro de la humanidad

El Papa León habla mediante metáforas, pero también con referencias a la historia, en su discurso pronunciado en el Aula del Sínodo, con motivo de la presentación de Magnifica humanitas, la primera encíclica de su pontificado publicada esta mañana, 25 de mayo. Nunca antes había ocurrido que un Papa estuviera presente en el Aula en la que se presenta al público uno de sus documentos magisteriales. Es también la primera vez que, además de cardenales y profesores, junto al Pontífice están sentados expertos en alta tecnología. Una señal de la importancia y la atención que se le da al tema tratado en la encíclica, símbolo y síntoma de la «gravedad del momento» que se vive y que provoca preocupación en la Iglesia, llamada a «descifrar las cosas nuevas a la luz del Evangelio y de la dignidad del hombre». Una inquietud a la que, sin embargo, León XIV contrapone la confianza:

La confianza de que, juntos, podemos discernir las grandes cuestiones de nuestro tiempo y, por lo tanto, el futuro de la humanidad

Siguiendo los pasos de León XIII

Hace ciento treinta y cinco años, el Papa Pecci observó la situación de los obreros y las familias desarraigadas y empobrecidas por la rápida transformación industrial y «comprendió que la Iglesia no podía permanecer al margen». En un momento de «cambio epocal» que «amenazaba la dignidad humana», escribió entonces la encíclica Rerum Novarum. Con el mismo espíritu, el Papa Prevost —quien firmó simbólicamente la Magnifica humanitas el 15 de mayo, día de la publicación de Rerum Novarum— dice sentirse «llamado a contemplar otra gran transformación con los ojos de la fe, con la lucidez de la razón, con la apertura al misterio y con los gritos de los pobres y de la tierra que resuenan en mi corazón».

Este es el sentido de las aproximadamente 200 páginas, fruto de una reflexión de diez años dentro de la Santa Sede sobre las nuevas tecnologías y la Inteligencia Artificial, la cual hoy en día afecta «muchos ámbitos de nuestra vida», influye en las decisiones y está «cambiando radicalmente la forma en que se libra la guerra».





domingo, 5 de abril de 2026

Mensaje y Bendición “Urbi et Orbi” 5 de abril de 2026 - Papa León XIV LSE



Balcón central de la Basílica de San Pedro, Mensaje
y
Bendición "Urbi et Orbi" de Papa León XIV

jueves, 26 de febrero de 2026

Audiencia General 26 de noviembre de 2025- Papa León XIV




FLORES PARA EL PAPA LEON XIV 

Ciclo de catequesis - Jubileo 2025. Jesucristo, nuestra esperanza. IV. La Resurrección de Cristo y los desafíos del mundo actual 6. Esperar en la vida para generar vida

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos!

La Pascua de Cristo ilumina el misterio de la vida y nos permite mirarlo con esperanza. Esto no es siempre fácil o se da por descontado. Muchas vidas, en todas las partes del mundo, aparecen como fatigadas, dolorosas, llenas de problemas y de obstáculos por superar. Sin embargo, el ser humano recibe la vida como un don: no la pide, no la elige, la experimenta en su misterio desde el primer día hasta el último. La vida tiene su especificidad extraordinaria: nos es ofrecida, no podemos dárnoslas nosotros mismos, y tiene que ser alimentada constantemente: es necesario un cuidado que la mantenga, la haga dinámica, la custodie, la relance.

Se puede decir que la pregunta sobre la vida es una de las cuestiones abismales del corazón humano. Hemos entrado en la existencia sin haber hecho nada para decidirlo. Da esta evidencia brotan como un rio en crecida las preguntas de todo tiempo: ¿quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es el sentido final de todo este viaje?

En efecto, vivir invoca un sentido, una dirección, una esperanza. Y la esperanza actúa como el impulso profundo que nos hace caminar en las dificultades, que no nos hace rendirnos ante las fatigas del viaje, que nos asegura que el peregrinaje de la existencia nos conduce a casa. Sin esperanza la vida corre peligro de aparecer como un paréntesis entre dos noches eternas, una breve pausa entre el antes y el después de nuestro paso por la tierra. Esperar en la vida significa en cambio saborear la meta, creer como seguro aquello que no vemos, todavía no vemos ni tocamos, fiarse y confiarse en el amor de un Padre que nos ha creado porque nos ha querido con amor y nos quiere felices.

Queridos, en el mundo hay una enfermedad difundida: la falta de confianza en la vida. Como si nos hubiésemos resignado a una fatalidad negativa, de renuncia. La vida corre el riesgo de no representar más una posibilidad recibida como don, sino una incógnita, casi una amenaza de la cual preservarse para no desilusionarnos. Por esto, el valor de vivir y de generar vida, de testimoniar que Dios es por excelencia «El amante de la vida», como afirma el Libro de la Sabiduría (11,26), es hoy más que nunca un llamado urgente.

En el Evangelio Jesús confirma constantemente su premura por curar a los enfermos, resanar cuerpos y espíritus heridos, volver a dar vida a los muertos. De esta manera, el Hijo encarnado revela al Padre: restituye dignidad a los pecadores, acuerda el perdón de los pecados e incluye a todos, especialmente a los desesperados, a los excluidos, a los alejados de su promesa de salvación.  

Generado del Padre, Cristo es la vida y ha generado vida sin ahorrarse hasta donarnos la suya, y nos invita a donar nuestra vida. Generar quiere decir poner vida en otro. El universo de los vivientes se ha extendido a través de esta ley, que en la sinfonía de las criaturas conoce un admirable “crescendo” culminante en el dueto del hombre y de la mujer: Dios los ha creado según su propia imagen y a ellos ha confiado la misión de generar también a su imagen, ósea por amor y en el amor.  

Desde el inicio la Sagrada Escritura nos revela que la vida justamente en su forma más elevada, aquella humana, recibe el don de la libertad y se convierte en un drama. Así las relaciones humanas están también marcadas por la contradicción, hasta el fratricidio. Caín percibe al hermano Abel como una competencia, una amenaza, y en su frustración no se siente capaz de amarlo y de estimarlo. He aquí los celos, la envidia, la sangre (Gen 4,1-16). La lógica de Dios, en cambio, es otra. Dios permanece fiel por siempre a su diseño de amor y de vida; no se cansa de sostener a la humanidad también, cuando tras los rastros de Caín, obedece al instinto ciego de la violencia en las guerras, en las discriminaciones, en el racismo, en las múltiples formas de esclavitud.   

Generar significa entonces confiarse en el Dios de la vida y promover lo humano en todas sus expresiones: ante todo en la maravillosa aventura de la maternidad y de la paternidad, también en contextos sociales en los que las familias fatigan en el sostener lo oneroso del cotidiano, siendo a menudo truncadas en sus proyectos y en sus sueños. En esta misma lógica, generar es comprometerse con una economía solidaria, buscar el bien común igualmente usufructuado por todos, respetar y cuidar a la creación, ofrecer consuelo con la escucha, la presencia, la ayuda concreta y desinteresada.   

Hermanas y hermanos, la Resurrección de Jesucristo es la fuerza que nos sostiene en este desafío, también allí donde las tinieblas del mal oscurecen el corazón y la mente. Cuando la vida parece haberse apagado, bloqueado, he aquí que el Señor Resucitado pasa de nuevo, hasta el fin de los tiempos, y camina con nosotros y por nosotros. Él es nuestra esperanza. 

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Saludos 

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor la fortaleza para poder corresponder a la vida que se nos ha dado gratuitamente con una existencia entregada a su servicio. Abandonémonos a su amor para no temer las dificultades y afrontar los retos, dándonos generosamente a los demás. Recibamos la vida y a Dios que en ella se nos manifiesta: en los hijos que generemos, en las personas de las que nos hacemos responsables y en la sociedad que estamos llamados a construir. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy reflexionamos sobre un desafío muy actual, casi una enfermedad: la falta de confianza en la vida, que aparece ante muchos como una incógnita o incluso una amenaza. Esta dificultad se funda en la falta de esperanza, en no comprender la vida como un don que estamos llamados a comunicar. Ante esto Dios se nos presenta como “el amante de la vida”, como el garante de ese don. Si confiamos en Él nuestra existencia cobra sentido, y los sufrimientos, los trabajos y los conflictos se afrontan con una perspectiva distinta.

La creación es la primera manifestación de ese don inefable, que culmina en el hombre llamado a generar, a dar vida, por amor y en el amor. Si en el pecado el hombre rompe con este mandato, Cristo, generado por el Padre, es la Vida. En su encarnación nos la ofreció, no sólo llevando consuelo y cuidado a cada hombre, sino entregándola en la cruz para que nosotros la tuviésemos en abundancia. Su ejemplo nos invita a hacer nosotros lo mismo.

https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/audiences/2025/documents/20251126-udienza-generale.html


miércoles, 18 de febrero de 2026

Audiencia General 18 febrero de 2026 - Papa León XIV


Leon XIV

Audiencia General, 19 de agosto de 2026 - Papa León XIV

FLORES PARA EL PAPA LEON XIV Catequese. Os Documentos do Concílio Vaticano II III. Constituição Sacrosanctum Concilium 7. La música sacr...

EL ESCUDO DE PAPA LEON XIV